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ALBERTO INIESTA: Un modo de ser obispo, ¿un profeta olvidado?

 

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El sábado 25 de marzo fuimos convocados en el Colegio “Ciudad de los Muchachos” de Vallecas a una Jornada que se anunciaba de este modo: “Memoria y legado de Alberto Iniesta para la Iglesia de hoy”. También se aclaraba que la fecha no estaba elegida por casualidad sino conmemorando la prohibición de la “I Asamblea Cristiana de Vallecas” promovida por Alberto Iniesta junto con Parroquias, Comunidades y Movimientos Vallecanos.

En 1980, recién llegada a Vallecas, conocí muy poco a Iniesta pero me conmovió su sencillez y cercanía con la gente que le acompañaba. Pasó algún tiempo, poco a poco fuimos sabiendo que le habían llamado de Roma y habían prohibido la I Asamblea. Después supimos que sufría una fuerte depresión y se había retirado a un convento cisterciense. Y con el tiempo se hizo el silencio…(al menos en mi experiencia) y tanto la Iglesia Vallecana como la global iniciaron la involución respecto al Vaticano II.

Volviendo a la convocatoria de la Jornada: Frente a tantos años de silencio sobre Alberto Iniesta las expectativas del Encuentro no eran muchas… Pero ¡me equivoqué! Y me alegra mucho haberme “columpiado”. Transcurrió la mañana en torno a Iniesta pero no fueron horas de nostalgia sino todo lo contrario, horas de encuentro con un hombre excepcionalmente humano, creyente, poeta, creativo, moderno, con un amor al Evangelio y a la Iglesia a prueba de todo. Un hombre que “sólo quería el bien de la Iglesia para el bien de la sociedad” (así lo expresó J.M. Castillo y otras personas de las 75-80 que participamos en los Grupos). Recojo una frase de Alberto (como a él le gustaba que le llamaran) que nos da idea de cuánto se adelantaba a su tiempo: “La Iglesia necesita de forma apremiante una reforma a fondo. No se trata de una reforma doctrinal sino de una reforma de vida”.

También se dijo que Alberto influyó en la Conferencia Episcopal de aquel periodo y que era muy respetado aunque se le combatiera. Y que en Vallecas pretendió dar un giro participativo y democrático profundamente evangélico en forma y fondo. Su quehacer pastoral se centró en los problemas de la sociedad vallecana: curas, religiosas y religiosos, laicos de todo color y condición. Pero el giro fue abortado. Roma lo llamó y prohibió la Asamblea, lo ofendió y humilló hasta el extremo de hundirse y retirarse del barrio que tanto quería. Al cabo de los años mejoró y regresó a su tierra donde ha permanecido dulce y acogedor de cuantas personas se acercaban a verle, orante, creyente, poeta, escritor, bondadoso, sin rencores ni odios, amando a la Iglesia a pesar de todo y fiel al Jesús en el que creía.

Lamentándolo sin poderlo evitar he reparado en el olvido. No es exclusivo de Alberto el olvido humano, pero se me hace particularmente doloroso porque fue un hombre excepcional para la Iglesia de Vallecas y para la sociedad en su conjunto. Mucho silencio, demasiado olvido.

Pero a pesar de todo, es una buena noticia volver a recordar y reconocer el gran valor de este gran hombre: Alberto Iniesta. Vallecas va a dedicarle una plaza, el Ayuntamiento ya lo ha aprobado y pensamos celebrarlo con la sencillez y el gusto que él merece y que él nos inspira. Volver a descubrir a este hombre es volver a descubrir la enorme necesidad que tenemos (como dice J.M. Castillo) de una Iglesia “necesidad”, esa Iglesia que se afana, lucha, trabaja por lo que más necesita la gente: palpar y vivir que todos, siendo diferentes en lo que vemos y tocamos, sin embargo todos somos iguales en dignidad y derechos”

También se ha escrito un libro que se presentó durante la tarde de la Jornada y que recomendamos con interés porque verdaderamente es su legado y de enorme actualidad: “Alberto Iniesta, la caricia de Dios en las periferias”, editado por Herder. En él Emilia Robles, protagonista principal en su elaboración, dice algo que yo aplaudo y deseo: ¡Quédate con nosotros Alberto!

Y termino esta buena noticia con unos fragmentos de una de las poesías de Alberto Iniesta que creo que os van a gustar.

El pipero ciego

    Está quedándose ciego

    el pipero de la esquina.

    Lleva casi veinte años.

    Ha visto crecer a los niños.

    Ha visto pasar la gente

    del barrio, a los que conoce

    como si fueran familia.

    Ahora no les conoce;

    casi ni les ve: les oye

    o les adivina el paso

    por los trajes y el andar

 

    No me ha pedido un milagro

    el pipero de la esquina

    como pedían a Cristo

    los ciegos de Jericó.

    Me ha dado un abrazo

    y dos caramelos, dos recuerdos

    dulces de su corazón.

    No se ha atrevido a pedirme

    un milagro el ciego, no.

 

    Nosotros no sabemos.

    No sabemos hacer milagros a los ciegos,

    Ni contagiarles nuestra fe

    A los increyentes.

    Es que nos falta fe a nosotros mismos;

    que estamos ciegos aún, más de lo que pensamos;

    que hay que tirar el manto

    y saltar el camino esta Cuaresma,

    y decirle al Señor humildemente:

    ¡Señor que vea,

    que veamos…!

Adriana Sarriés

Madrid, 28 de marzo, 2017

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